Sobre mi diagnóstico

Con nueve (9) años, la psicóloga de mi colegio me tomó de las manos, y me obligó a sostener su mirada mientras me explicaba que el bullying que sufría se debía a que vivía metida en una burbuja que yo misma había creado. Que la solución a todos mis problemas estaba en querer ser como los demás, en vez de hacer un esfuerzo consciente por ser distinta, por crear una burbuja que me separase del resto.

Con veintidós (22) años mi actual psicóloga me confirmó las sospechas -y mis esperanzas- diciéndome que todo indicaba a que era Asperger. Y no recuerdo bien mi reacción externa, pero por dentro sentí el alivio más intenso que puedo imaginar.

Para mi es importante aclarar que aunque yo uso el verbo ser para referirme al Asperger, distintas personas en distintos puntos del espectro prefieren el verbo tener. Para mi es algo que soy, que me define. Cualquiera de las decisiones es respetable, y está en manos de la persona neurodivergente y en lo que le hace sentir bien, no en la corrección política.

Desde el momento en el que mi psicóloga sugirió que indagásemos en la posibilidad de que fuese Asperger, muchas cosas empezaron a tener sentido. Cosas pequeñas, cosas grandes. Como si después de muchos años intentando montar un puzzle con miles de piezas, me diesen la caja en la que aparece el resultado terminado. No lo resuelve, pero tienes una guía y sabes a lo que te enfrentas.

Durante la primera semana tras este diagnóstico -no oficial- estaba en una tensión constante – distinta a la habitual. Temía que me dijesen que no, que había sido un malentendido. Porque por fin encajaba, simplemente, no encajando.

Ahora que ya he aceptado que esta es quien soy, mis síntomas son más claros que nunca, al menos a mis ojos. Cuando me emociono, aleteo con los brazos, un aleteo distinto del que hago cuando algo me desagrada.
El sarcasmo, a menos que sea increíblemente obvio -y a veces ni así- simplemente se me escapa. Tengo también problemas entendiendo instrucciones verbales e incluso tramas de series si se mueven demasiado rápido. No es una cuestión de inteligencia, sino de sobreestimulación sensorial. Mis niveles de interés son como un interruptor de la luz: o algo me apasiona o me es indiferente. No lo puedo controlar, y tampoco fingirlo.
Hablando de fingir, mi fobia social tiene más sentido ahora. ¡Resulta que las personas neurotípicas -que no se encuentran dentro del espectro- socializan sin tener que aprenderse cada tipo de interacción como si fuese un guión, les sale natural! Claro, por eso no acaban profundamente exhaustas y hacen todas esas cosas para las que yo necesito recargarme. Mi energía social es limitada, y necesito pasar tiempo sola para acumular más y enfrentarme al mundo.
La sobreestimulación sensorial es algo que afecta de forma clara a mi día a día. Sólo con ver ciertas texturas, como puede ser el terciopelo, mi reacción instintiva es echarme las manos a la cabeza y tirarme al suelo -literalmente-. Si las toco, esa reacción es aún más difícil de reprimir. No es lo que la gente llama grima, es algo mucho más intenso. Es dolor físico. Es sirenas en mi cabeza, y mi cuerpo perdiendo el control. Siempre he mencionado como curiosidad que no soporto comer cosas crujientes, ni siquiera me siento cómoda oír a gente masticarlas, pero ahora entiendo el contexto. A veces son cosas más inevitables, como sentir constantemente todas las capas de ropa que llevo sobre la piel, y sentirme atrapada dentro de ellas.

A mi familia más cercana le preocupa que la etiqueta Asperger -o aspie, como nos llamamos a nosotros mismos en foros y grupos online- me limite, pero eso me ayuda a esforzarme en demostrar con hechos que mientras que sí que me hace sentir más consciente de mis limitaciones, esta etiqueta me sirve de base estable sobre la que construir quién soy.

Porque tal y como lo veo, el Asperger no se trata de padecer, sino de ser. Como leí en algún lugar “no es un fallo en el sistema, es un sistema operativo distinto”. Mi diagnóstico me ha servido para hacer las paces conmigo misma. Ya no necesito cambiar para ser como los demás – ahora puedo descubrirme a mi misma por quién soy y adaptarme a una sociedad que se niega a adaptarse a mi y al resto de personas en el espectro.

Esto me ha servido para cambiar el marco de todas mis relaciones, diseccionarlas y reinventarlas a partir de mis necesidades – desde una palabra clave para avisarme de que en situaciones sociales se está usando el sarcasmo hasta amigas tocando cada una de las prendas en una estantería antes de que lo haga yo para evitar malos momentos.

Sobre hablarlo con quienes me rodean tendría demasiado que decir, lo resumiré diciendo que “¡eso le pasa a todo el mundo!” cuando cuento mis experiencias no ayuda, aunque siempre hago el esfuerzo por ver que viene de una buena intención, de no hacerme sentir rara. Las series actuales usan a personajes a los que sitúan en el espectro y caricaturizan como personas grotescas e insoportables, pero que lo compensan siendo genios. No, no tengo un superpoder, ni soy un genio, y puedo ver la decepción que esto supone, por culpa de la representación equivocada en los medios.

Sé que mi vida habría sido considerablemente menos complicada si hubiese recibido este diagnóstico hace años, pero mi mirada se centra en el futuro. Ahora que me siento libre de ser yo misma y me dejo llevar por las reacciones instintivas de mi cuerpo – aletear, balancearme en la silla, taparme los oídos…- he notado una mejoría a nivel general. Mi vida ha mejorado, me siento libre. Por fin siento que soy quien debo ser.